Por Diana Rodríguez
Tres décadas después de encender sus primeros amplificadores, Rock al
Parque volvió a demostrar que el rock no es solamente música: es memoria,
resistencia, identidad y una multitud que no necesita pagar una entrada para
sentirse parte de la historia. Pero la celebración de sus 30 años también dejó
una pregunta incómoda: ¿estaba Bogotá preparada para recibir semejante
avalancha?
Hay celebraciones que se anuncian con bombos y platillos. Y hay otras
que necesitan guitarras distorsionadas, baterías golpeando el pecho y miles de
gargantas dispuestas a gritar hasta quedarse sin voz.
Entre el sábado 10 y el lunes festivo 12 de octubre de 2026, el Parque Metropolitano Simón Bolívar se convirtió en el epicentro de una de las mayores congregaciones musicales que haya vivido la capital. Tres días en los que el negro de las camisetas, las botas, las chaquetas de cuero, los tatuajes, los parches y las banderas se mezclaron con una generación que creció con el festival y otra que apenas comienza a descubrir por qué, desde 1995, este encuentro es mucho más que una sucesión de conciertos.
El balance oficial presentó una edición histórica: cuatro escenarios, 83
agrupaciones y una programación que conectó distintas generaciones y
procedencias musicales. El festival, que nació para abrirles espacio a las
bandas que buscaban dónde tocar, llegó a sus tres décadas convertido en una
institución cultural de Bogotá.
Pero una cosa es celebrar la historia y otra muy distinta es estar a la
altura de la multitud que esa historia convoca.
El sábado tuvo olor a metal. El domingo fue una cita con la memoria del
rock latinoamericano y sus nuevas expresiones. El lunes festivo llegó con el
peso del rock clásico, el punk, el sonido industrial y los riffs que han
acompañado a varias generaciones.
El cartel internacional reunió nombres de enorme trayectoria como Apocalyptica,
Stratovarius, Mon Laferte, Ministry, Rata Blanca, Editors, Los Bunkers, Ratones
Paranoicos, Gondwana, Porter, Bandalos Chinos y Tokyo Ska Paradise Orchestra,
entre muchos otros. La programación también abrió espacio para agrupaciones que
debutaron en el festival y propuestas que ampliaron los límites habituales del
género.
Y ahí estuvo uno de los grandes aciertos de esta edición: no quedarse
mirando por el retrovisor.
Rock al Parque celebró a sus leyendas, pero también les dio lugar a
sonidos que vienen construyendo su propia historia.
Apocalyptica y Stratovarius: el metal como ceremonia
El primer día tuvo una de sus grandes citas en el escenario Plaza con
Apocalyptica, que regresó al festival después de 21 años. La agrupación
finlandesa volvió a demostrar por qué su encuentro entre la música clásica y la
contundencia del metal constituye una de las propuestas más singulares de la
escena internacional.
Stratovarius, por su parte, llevó al público por los territorios del
power metal melódico, con canciones como Black Diamond, de esas que no
necesitan presentación entre quienes han seguido la evolución del género.
En otras tarimas, el panorama se oscureció con el death metal, el black
metal y el hardcore. Triptykon, Grave, Between the Buried and Me, End It y
otras agrupaciones convirtieron la jornada en una demostración de que el metal
no es un sonido uniforme, sino un universo de lenguajes, técnicas y maneras de
entender la música.
También hubo lugar para la historia del punk y el metal colombiano.
I.R.A. y Nadie, desde Medellín, reafirmaron el peso de una escena que ha
sobrevivido a los cambios de la industria, a las dificultades económicas y a
las épocas en las que tocar rock parecía una forma de ir contra la corriente.
Porque si algo merece recordarse de estos 30 años es que el festival no
se construyó solamente con grandes nombres internacionales. También se levantó
con bandas nacionales que se abrieron camino cuando los espacios para el rock
eran mucho más escasos.
Mon Laferte, Serú Girán y Claudio Narea: la memoria también canta
Mon Laferte se encontró frente a una multitud que la conmovió. Su
presentación fue uno de esos momentos en los que la dimensión del espectáculo
deja de medirse en metros cuadrados y se convierte en una experiencia
emocional. La artista chilena llegó con su universo musical y su repertorio
contemporáneo, en una jornada que demostró que Rock al Parque también sabe
abrir sus fronteras.
Y mientras unas generaciones descubrían nuevas canciones, otras volvían
a encontrarse con parte de la banda sonora de sus vidas.
David Lebón y Pedro Aznar llevaron al escenario el legado de Serú Girán.
Seminare, Peperina y Viernes 3 a. m. fueron parte de ese
encuentro con una historia fundamental del rock argentino.
Claudio Narea, integrante histórico de Los Prisioneros, hizo lo propio
con canciones como El baile de los que sobran, un himno que, décadas
después de su lanzamiento, sigue encontrando resonancia en una América Latina
atravesada por las desigualdades y las preguntas sobre el futuro.
La jornada también reunió el reggae de Gondwana y Quique Neira, el rock
alternativo de Porter y las propuestas nacionales que siguen ampliando el mapa
sonoro del festival.
Fue un domingo para cantar, recordar y entender que la música tiene esa
extraña capacidad de reunir bajo un mismo escenario a personas que crecieron en
épocas diferentes, pero encontraron en las mismas canciones una forma de
reconocerse.
Ministry, Editors, Los Bunkers y Rata Blanca: un cierre de alto voltaje
Ministry debutó en Colombia como parte de su gira mundial de despedida,
llevando al festival su contundente sonido industrial. Editors aportó la fuerza
del rock alternativo británico, mientras Los Bunkers regresaron a Rock al
Parque después de su participación en 2007.
Ratones Paranoicos conectó con la tradición argentina del rock and roll,
y Rata Blanca puso sobre la mesa el peso histórico del heavy metal
latinoamericano.
A su alrededor, la programación se repartió entre bandas nacionales y
propuestas como División Minúscula, Trotsky Vengarán, Algiers, Ghetto Kumbé,
Los Elefantes y La Severa Matacera.
Cuatro escenarios permitieron recorrer distintas escenas sin reducir la
celebración a un único sonido. El nuevo espacio BBC fue una de las novedades de
esta edición y amplió la oferta para agrupaciones de metal, punk, reggae, funk,
indie y otros géneros relacionados con el rock.
Y, sin embargo, mientras las tarimas celebraban la diversidad musical,
en los alrededores del festival comenzaba a sentirse el otro protagonista de la
historia: la logística.
Rock al Parque es gratuito. Esa es una de sus mayores virtudes y, al
mismo tiempo, una de las condiciones que obligan a pensar con especial cuidado
la capacidad de respuesta de la ciudad.
De acuerdo con Radio Nacional de Colombia, durante el sábado y el
domingo se registraron más de 465.500 asistencias acumuladas antes de la
jornada de cierre. La cifra ya superaba los registros totales publicados para
varias ediciones anteriores.
El segundo día fue particularmente crítico por la magnitud de la
concentración de público. Un balance periodístico posterior reportó alrededor
de 274.500 personas circulando por el parque durante esa jornada y describió
momentos de presión en las zonas próximas al escenario Plaza.
Al terminar el puente festivo, los balances publicados situaron la
convocatoria de los tres días por encima del medio millón de asistencias. Es
importante precisar que estas cifras corresponden a asistencias acumuladas, no
necesariamente a personas distintas: alguien que acudió durante dos o tres
jornadas puede aparecer en más de un registro.
La dimensión del encuentro obliga a mirar más allá de la cifra global.
No basta con decir que llegaron cientos de miles de personas. La pregunta es
cómo se distribuyeron, cómo se desplazaron, qué capacidad tenían las salidas y
qué respuesta recibieron cuando la concentración comenzó a convertirse en un
problema.
Porque una multitud puede ser la mejor fotografía de una política
cultural exitosa, pero también puede revelar las debilidades de una operación
que no creció al mismo ritmo que la convocatoria.
El otro rostro de la fiesta: congestión, presión y preguntas sin
resolver
La celebración tuvo un lado incómodo que no debería quedar sepultado
bajo el sonido de las guitarras.
Durante el fin de semana se hicieron públicas quejas sobre las
aglomeraciones, la circulación en determinados puntos del parque, las salidas,
los servicios sanitarios, la hidratación y las dificultades de movilidad al
terminar las jornadas. También se reportaron situaciones de presión frente al
escenario Plaza, incluida la caída de una barrera de contención, según un
balance periodístico posterior.
No se trata de desconocer el trabajo de quienes hicieron posible el
festival. Detrás de cada presentación hay técnicos, productores, personal
sanitario, logística, seguridad, artistas y trabajadores que sostienen una
operación de enormes dimensiones.
Se trata, precisamente, de reconocer que un acontecimiento de esta
magnitud exige que cada pieza funcione.
Cuando la densidad del público obliga a pedir que la gente retroceda,
cuando aparecen dificultades para circular o cuando los asistentes expresan
preocupación por las condiciones de salida, el asunto deja de ser una simple
incomodidad. Se convierte en una advertencia que debe ser estudiada con rigor.
Y aquí hay una pregunta fundamental: si el festival ya estaba mostrando
una asistencia extraordinaria desde las primeras jornadas, ¿qué ajustes
adicionales podían implementarse para responder a la demanda de los días
siguientes?
El reto no consiste en convertir la celebración en un problema ni en
atribuir responsabilidades sin pruebas. Consiste en evaluar los planes de
manejo de aglomeraciones, los corredores de circulación, los tiempos de
evacuación, los puntos de hidratación, la señalización y la coordinación entre
las entidades responsables.
La cultura no debería tener que escoger entre convocar a una multitud y garantizar condiciones adecuadas para recibirla.
Durante esos mismos días, la capital recibió otros acontecimientos de
gran convocatoria, entre ellos el concierto de Iron Maiden y SOFA, en
Corferias. La coincidencia de eventos incrementó la presión sobre una zona de
la ciudad que ya concentra importantes flujos de vehículos y pasajeros.
Aunque se anunciaron extensiones de operación de TransMilenio para
facilitar el regreso de los asistentes, los reportes periodísticos posteriores
recogieron quejas sobre las condiciones del transporte y la movilidad nocturna.
Y ahí aparece una lección que Bogotá no puede seguir aplazando:
organizar un festival no termina en el perímetro del parque.
La planeación debe contemplar la llegada y salida de los asistentes, la
capacidad del transporte público, las rutas peatonales, las conexiones entre
escenarios, la coincidencia con otros espectáculos y la posibilidad de reforzar
los servicios cuando la asistencia supera las estimaciones.
Porque el concierto termina, las luces se apagan y las bandas se
despiden. Pero todavía quedan miles de personas intentando regresar a casa.
Una ciudad que quiere consolidarse como destino internacional de grandes
espectáculos necesita que la experiencia no se convierta en una carrera de
obstáculos cuando el público abandona el recinto.
En medio de los grandes nombres internacionales, hay otro aspecto que
merece atención: la escena local.
Las agrupaciones bogotanas compartieron programación con artistas de
Europa, Asia y América. Proyectos como Perpetual Warfare, Skampida, La Monky
Band, El Punto Ska, Lika Nova, V for Volume, Laura Pérez, Boca de Serpiente y
Lucio Feuillet formaron parte de una programación que permitió reconocer
distintas etapas y expresiones de la música hecha en Colombia.
Esa presencia no debería considerarse un simple complemento del cartel.
Rock al Parque nació, precisamente, de la necesidad de abrir espacios
para quienes tenían música, talento y ganas de tocar, pero no siempre
encontraban escenarios donde hacerlo.
Treinta años después, su responsabilidad histórica sigue siendo esa: ofrecer
visibilidad, crear oportunidades y permitir que una agrupación emergente
comparta el espacio con artistas que han construido una trayectoria
internacional.
La celebración también incluyó actividades académicas, una exposición
dedicada a la memoria del festival, el Foro Internacional de Periodismo de Rock
y la instalación de la escultura La Rockera. Es decir, una conmemoración
que buscó extender la historia más allá de los conciertos.
Porque la memoria del rock no está únicamente en los discos, los escenarios
y las fotografías. También vive en los músicos que todavía están tratando de
abrirse camino y en los públicos que los descubren por primera vez.
Rock al Parque cumplió tres décadas. Y lo hizo demostrando que sigue
teniendo una capacidad extraordinaria para reunir públicos, generar
conversaciones y poner a Bogotá en el centro del mapa musical.
Pero las celebraciones de aniversario también sirven para mirar hacia
adelante.
El éxito artístico de esta edición es innegable. La diversidad de su
programación, el regreso de figuras históricas, las presentaciones
internacionales y la participación de las bandas nacionales construyeron una
celebración de gran valor cultural.
La convocatoria, además, confirmó que el acceso gratuito continúa siendo
una de las características más importantes del festival. Miles de personas
pueden encontrarse con la música sin que el precio de una entrada determine
quién tiene derecho a participar.
Sin embargo, la masividad exige una respuesta proporcional. La capacidad
de los escenarios, la gestión del riesgo, las condiciones de circulación y la
movilidad deben evolucionar junto con el crecimiento del público.
No se trata de que Rock al Parque deje de convocar multitudes. Se trata
de que Bogotá aprenda a recibirlas.
Porque el verdadero éxito de un festival no se mide exclusivamente por
la cantidad de personas que llegan, sino también por las condiciones en las que
viven la experiencia, disfrutan de la música y regresan a casa.
Treinta años después de su nacimiento, Rock al Parque continúa siendo
una de esas citas que forman parte de la identidad de Bogotá. Un encuentro
donde caben las generaciones que crecieron con sus primeras ediciones, quienes
encontraron allí una comunidad y quienes apenas empiezan a descubrir que el
rock puede ser una forma de expresión, de resistencia y de libertad.
Durante tres días, el Simón Bolívar fue un territorio de guitarras,
voces, memoria y emociones. Apocalyptica, Stratovarius, Mon Laferte, Serú
Girán, Claudio Narea, Ministry, Editors, Los Bunkers, Rata Blanca y decenas de
agrupaciones más hicieron parte de una celebración que quedará en la historia
del festival.
Pero también quedó una tarea pendiente: convertir la experiencia de una
convocatoria gigantesca en una operación cada vez más segura, eficiente y
preparada para el público que la hace posible.
Que no se nos olvide que detrás de cada cifra hay una persona. Detrás de
cada camiseta negra hay una historia. Detrás de cada banda hay años de trabajo.
Y detrás de cada festival hay una ciudad que tiene la responsabilidad de estar
a la altura de su propia gente.
Porque Rock al Parque no es solamente un escenario.
Es una memoria compartida. Es una oportunidad para quienes todavía no
han sido escuchados. Es una fiesta pública que pertenece a quienes la viven.
Y si algo nos enseñaron estos 30 años es que el rock, en Bogotá, sigue
teniendo público, fuerza y futuro.
Ahora el desafío es que la ciudad también esté preparada para todo lo
que viene.
El rock se escucha. La historia se cuenta. Y las preguntas también hacen
parte de la canción.








