Por Diana Rodríguez
El sismo que tuvo
como epicentro a San José del Palmar, Chocó, sacudió buena parte del país, dejó
víctimas, daños materiales y volvió a poner sobre la mesa una pregunta que
Colombia suele hacerse después de cada gran movimiento telúrico: ¿estamos
realmente preparados para enfrentar un terremoto de grandes proporciones?
A las 7:34 de la mañana de este lunes 10 de agosto, Colombia comenzó el día de una manera que nadie había previsto. En Bogotá apenas empezaba la jornada laboral, en Cali las calles comenzaban a llenarse, en Pereira muchos iniciaban sus actividades y en el Chocó transcurría una mañana aparentemente normal. Bastaron unos segundos para que esa normalidad desapareciera. La tierra comenzó a moverse con una fuerza que fue percibida en buena parte del territorio nacional y que obligó a miles de personas a abandonar edificios, viviendas, oficinas, hospitales y establecimientos comerciales mientras intentaban comprender qué estaba sucediendo.
El Servicio Geológico Colombiano estableció posteriormente que el evento tuvo una magnitud de 7,4 y una profundidad de 103 kilómetros, con epicentro en inmediaciones de San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Se trata, según el propio organismo, del sismo de mayor magnitud registrado en Colombia durante el siglo XXI. Hasta el mediodía habían sido identificadas 18 réplicas, con magnitudes entre 1,4 y 4,8, una circunstancia que mantiene a las autoridades y a las comunidades afectadas en estado de alerta, pues estas réplicas pueden prolongarse durante días, semanas e incluso meses. El fenómeno fue sentido desde el occidente hasta el centro del país y generó reportes en más de 900 centros poblados.
La primera reacción
fue prácticamente la misma en todos los lugares: salir. En Bogotá, edificios
enteros fueron evacuados mientras trabajadores y residentes permanecían en las
calles intentando comunicarse con sus familiares. En Cali, Pereira y Manizales
se repitieron escenas similares. En algunos sectores se observaron objetos
desprendidos, paredes agrietadas y daños en diferentes estructuras, mientras
organismos de socorro iniciaban las primeras inspecciones. El terremoto no
había terminado cuando comenzó la segunda etapa de la emergencia: determinar
qué había ocurrido realmente detrás de cada pared, cada carretera y cada
edificio.
Y fue entonces cuando
comenzaron a aparecer las noticias más preocupantes.
Pereira se convirtió
rápidamente en uno de los principales puntos de atención. Las autoridades
reportaron víctimas mortales, personas heridas y afectaciones importantes en
diferentes edificaciones. Manizales también registró daños y afectaciones en
estructuras representativas de la ciudad, mientras en Cali los organismos de
emergencia tuvieron que atender reportes de colapsos y personas que requerían
ayuda. En varias zonas del Valle del Cauca se registraron daños en viviendas e
infraestructura, y las autoridades departamentales desplegaron equipos para
establecer un balance más preciso de la situación.
El panorama fue
particularmente delicado en el departamento del Chocó, precisamente donde se
encontraba el epicentro. San José del Palmar, por su cercanía con la zona donde
se originó el movimiento, recibió una de las mayores intensidades. Allí se
reportaron viviendas destruidas o seriamente afectadas, además de daños en vías
de comunicación. Los derrumbes dificultaron el acceso a algunas comunidades y
complicaron la llegada de maquinaria, alimentos y asistencia humanitaria. La
situación volvió a mostrar una realidad que Colombia conoce desde hace décadas:
cuando una emergencia ocurre en territorios apartados, la distancia geográfica
puede convertirse en una segunda emergencia.
La noticia también
llegó desde otros departamentos. En Antioquia se reportaron daños en varios
municipios y afectaciones en viviendas, iglesias y estructuras públicas. En
Támesis se informó sobre el desprendimiento de una roca que provocó la muerte
de una persona. En el Valle del Cauca, además de los daños materiales, las
autoridades informaron sobre víctimas mortales, incluidos menores de edad, como
consecuencia del colapso de una estructura educativa en Calima El Darién.
A medida que
avanzaban las horas, el balance de víctimas comenzó a cambiar. Esta es una de
las dificultades más grandes de cubrir periodísticamente un desastre de estas
características: la información inicial rara vez es definitiva. Los equipos de
rescate necesitan ingresar a lugares afectados, revisar estructuras, remover
escombros y establecer si existen personas atrapadas o desaparecidas. Por eso,
las cifras conocidas durante la mañana deben entenderse como preliminares y
sujetas a actualización. Los reportes periodísticos y de las autoridades
llegaron a registrar más de 70 personas fallecidas durante la jornada, además
de numerosos heridos y damnificados, aunque el consolidado oficial continúa en
proceso de verificación.
Detrás de esas cifras
existe una realidad que ningún boletín puede explicar completamente. Cada
víctima representa una familia y una historia que hasta esta mañana transcurría
con absoluta normalidad. Un trabajador que salió de su casa, un niño que llegó
a estudiar, una persona que se encontraba en su vivienda o alguien que
simplemente estaba comenzando su día. La tragedia convierte esas vidas en
números cuando se construyen los balances, pero la responsabilidad del
periodismo consiste precisamente en no olvidar que detrás de cada número existe
una historia humana.
El terremoto también
permitió comprobar la enorme extensión territorial de las ondas sísmicas. El
movimiento fue sentido con intensidad en ciudades como Bogotá, Cali, Pereira,
Manizales, Armenia, Medellín, Quibdó, Buenaventura y Popayán, entre otras
poblaciones. Miles de personas utilizaron las redes sociales para contar lo que
habían vivido, compartir fotografías y videos y buscar información sobre
familiares y amigos. En cuestión de minutos, el país entero comenzó a reconstruir
el mapa del terremoto a partir de testimonios individuales.
Pero las redes
sociales también volvieron a mostrar uno de los riesgos habituales después de
una emergencia: la circulación de información sin confirmar. Fotografías
antiguas, cifras preliminares presentadas como definitivas y videos de otros
acontecimientos comenzaron a mezclarse con imágenes reales del sismo. En una
situación de estas características, verificar antes de compartir deja de ser
una recomendación y se convierte en una responsabilidad ciudadana.
La explicación
científica del fenómeno tampoco es menor. Colombia se encuentra en una región
geológicamente activa y en el occidente del país tiene especial importancia la
interacción entre la placa de Nazca y la placa Sudamericana. La subducción de
una placa bajo otra genera acumulación y liberación de energía, y es una de las
razones por las cuales los sismos forman parte de la realidad geológica del
territorio colombiano. Lo ocurrido esta mañana no fue, por tanto, un
acontecimiento completamente inesperado desde el punto de vista científico. Lo
imprevisible fue el momento exacto, la magnitud y la manera en que sus efectos
terminarían distribuyéndose sobre las poblaciones.
Esa diferencia
resulta fundamental. Colombia no puede evitar que ocurra un terremoto, pero sí
puede reducir sus consecuencias. La construcción bajo normas sismorresistentes,
la actualización de los planes de emergencia, la revisión de edificaciones
antiguas, la preparación de hospitales y colegios y la educación de la ciudadanía
pueden determinar la diferencia entre una emergencia controlable y una tragedia
de mayores proporciones.
Por eso el terremoto
de este 10 de agosto no debería convertirse únicamente en una noticia sobre
víctimas y daños. También debería convertirse en una oportunidad para revisar
cuánto hemos avanzado en prevención y cuánto queda todavía por hacer. Cada vez que
un terremoto importante sacude al país aparece la misma discusión: durante unos
días se habla de prevención, se revisan protocolos, se realizan inspecciones y
se hacen llamados a la ciudadanía. Después, cuando el recuerdo comienza a
desaparecer, la conversación también desaparece. Hasta que vuelve a temblar.
El desafío consiste
precisamente en romper ese ciclo.
La magnitud de 7,4
registrada esta mañana, la profundidad de 103 kilómetros y la extensión
geográfica con la que fue percibido el movimiento son datos que ayudan a
comprender la dimensión del fenómeno, pero no cuentan por sí solos lo ocurrido.
Para entenderlo hay que mirar también las viviendas destruidas, las carreteras
bloqueadas, los edificios evacuados, los hospitales que tuvieron que ser revisados,
las comunidades que quedaron temporalmente aisladas y, sobre todo, las familias
que desde hoy tendrán que reconstruir una parte de sus vidas.
Colombia terminará
recuperando la normalidad. Las calles volverán a llenarse, los comercios
abrirán sus puertas, los colegios retomarán sus actividades y las ciudades
continuarán con su ritmo habitual. Sin embargo, en las zonas más afectadas la
normalidad no llegará tan rápidamente. Allí quedarán las casas que deberán
reconstruirse, las estructuras que tendrán que ser demolidas, las carreteras
que requerirán intervención y las familias que tendrán que enfrentar las
consecuencias de una tragedia que comenzó en menos de un minuto.
Quizá esa sea la
verdadera dimensión del terremoto: no solamente haber conseguido que Colombia
sintiera moverse la tierra, sino haber demostrado, una vez más, la fragilidad
de nuestras certezas. Vivimos, trabajamos, estudiamos y construimos suponiendo
que el suelo permanecerá quieto. Esa suposición es necesaria para la vida
cotidiana, pero no debe convertirse en una excusa para olvidar que Colombia es
un territorio sísmico.