Por: Diana Rodríguez
La
historia de la humanidad no solo se ha escrito con guerras, tratados y
revoluciones. también se ha bordado con telas, colores, símbolos y gestos.
desde los primeros clanes que pintaban sus cuerpos con pigmentos rituales hasta
las grandes capitales del siglo xxi, donde la vestimenta es un manifiesto
silencioso, la moda ha sido, ante todo, una forma de identidad.
Vestirse
nunca ha sido un acto inocente. en la antigua roma, la toga delimitaba la
ciudadanía; en la edad media, los tejidos marcaban el estamento social; en el
renacimiento, el cuerpo se convirtió en lienzo del poder. más tarde, en el
siglo xx, la moda dejó de ser un privilegio de élites y se transformó en
lenguaje urbano, en declaración política, en grito generacional.
Las
ciudades modernas, densas y anónimas, dieron origen a comunidades simbólicas:
punks, góticos, hippies, rockers, skaters, emos, raperos. cada colectivo no
solo eligió una estética, sino una manera de habitar el mundo. la indumentaria
se volvió armadura y bandera.
Estas
expresiones urbanas cumplieron una función esencial: **dar pertenencia en
entornos que despersonalizaban**. en barrios de concreto y ruido, la ropa, el
peinado y los accesorios se convirtieron en códigos compartidos, en una forma
de decir “aquí estoy, existo, soy distinto”.
Con
el avance de internet y las redes sociales, estas identidades dejaron de ser
exclusivamente locales. lo urbano se volvió global. y, en ese cruce entre
tecnología, subjetividad y búsqueda interior, comenzaron a emerger expresiones
identitarias que ya no solo dialogan con la ciudad, sino también con lo
instintivo, lo simbólico y lo ancestral.
Ahí
aparece una palabra que desconcierta, provoca y despierta preguntas profundas “
therian”.
¿Pero
qué significa realmente? el término proviene del griego *thēríon*, que alude a
la “bestia” o al “animal salvaje”. en su uso contemporáneo, describe a personas
que experimentan una identidad interna —emocional, psicológica o espiritual—
vinculada a un animal no humano.
No
se trata de una fantasía pasajera ni de un simple gusto estético. para quienes
se reconocen dentro de esta experiencia identitaria, existe una conexión
profunda con un animal específico, conocido como *theriotype*, que influye en
su manera de percibir el mundo, procesar emociones y expresar conductas
simbólicas.
Este
fenómeno comenzó a tomar forma visible a finales de la década de 1990 y
principios de los años 2000, principalmente en comunidades digitales de europa
y norteamérica. internet permitió que personas que se sentían aisladas
descubrieran que no estaban solas. la vivencia se nombró, se compartió y, poco
a poco, adquirió cohesión y legitimidad dentro de sus propios círculos.
La
estética asociada a esta identidad no es uniforme ni obligatoria. algunos optan
por una expresión abierta y visible; otros, por una vivencia completamente
discreta. entre quienes deciden exteriorizarla, es común la incorporación de
elementos simbólicos en la vestimenta cotidiana: collares con colmillos,
orejas, colas, prendas con texturas naturales, colores terrosos o referencias
directas a su animal guía.
No
se trata de un disfraz. es un símbolo de reconocimiento interno. para muchas de
estas personas, dichos elementos funcionan como anclas emocionales:
recordatorios de su identidad y herramientas de regulación personal. la
indumentaria cumple así una función similar a la de otras expresiones urbanas:
visibilizar una pertenencia y, al mismo tiempo, proteger una intimidad.
Definir
esta experiencia como una “tribu urbana” puede resultar limitado. a diferencia
de movimientos estéticos tradicionales, no surge de una moda, de una corriente
musical ni de una contracultura política. nace, más bien, de una vivencia
interna profunda.
Las
edades de quienes se identifican de este modo suelen oscilar entre la
adolescencia temprana y la adultez joven aproximadamente entre los 12 y los 35
años, aunque existen personas que lo descubren en etapas posteriores de la
vida. en muchos casos, el reconocimiento ocurre durante momentos de intensa
búsqueda identitaria.
Lejos
de los prejuicios, numerosos testimonios coinciden en beneficios comunes:
*
Mayor autoconocimiento.
*
Sensación de coherencia interna.
*
Reducción de la ansiedad al comprender emociones propias.
*
Desarrollo de empatía y respeto por la naturaleza.
*
Construcción de comunidades de apoyo.
Esta
forma de autodefinición, en sí misma, no implica daño, desconexión de la
realidad ni rechazo de la vida social. por el contrario, para muchas personas
representa una vía de reconciliación consigo mismas.
Cuando
un hijo, hija o familiar expresa identificarse de esta manera, el mayor desafío
no es comprenderlo de inmediato, sino escuchar sin juzgar.
Algunas
recomendaciones fundamentales son:
1.
No ridiculizar ni invalidar la experiencia.
2.
Diferenciar identidad simbólica de conductas de riesgo.
3.
Mantener canales de diálogo abiertos.
4.
Observar el bienestar emocional general.
5.
Buscar acompañamiento profesional solo si existen señales de sufrimiento, no
por la identidad en sí misma.
Las
ciudades siempre han sido laboratorios de identidad. hoy, en medio del ruido
digital y la prisa moderna, estas expresiones nos recuerdan algo antiguo: el
ser humano nunca dejó de dialogar con lo animal, con lo instintivo, con lo
sagrado de la naturaleza.
Quizá
no estemos frente a una moda. tal vez estemos presenciando una nueva forma de
nombrar algo que siempre estuvo ahí, esperando lenguaje.
Porque, como en las mejores crónicas, la respuesta no está en juzgar el fenómeno, sino en comprender lo que nos dice sobre quiénes somos.mos.